Fue una semana después cuando llegó la llamada que nadie esperaba.
Eran las once de la noche. Adrián y yo estábamos en la terraza, en ese silencio tranquilo que ya era costumbre, cuando su teléfono sonó con ese tono específico que tenía para los contactos de primera línea.
Lo cogió. Escuchó durante treinta segundos.
Vi cómo su cara cambiaba.
No de golpe. Despacio, de la manera en que cambia cuando la información que llega es suficientemente grave como para requerir que el cuerpo la procese ante