Sofía me llamó al octavo día.
No contesté la primera vez. La segunda tampoco. A la tercera, Adrián, que estaba en la habitación cuando vibró el teléfono, me miró sin decir nada, y eso fue suficiente para que entendiera que tenía que decidir.
Contesté.
—¿Dónde estás? —fue lo primero que dijo, y su voz tenía algo que no era solo preocupación. Era el tono específico de alguien que lleva días con algo atravesado y finalmente ha decidido sacarlo.
—Estoy bien —dije—. ¿Qué pasa?
—Rodrigo me preguntó p