Esa noche, en la casa del norte, Adrián y yo nos quedamos solos en la cocina a las diez y media de la noche con los restos del café y el silencio de una casa que por primera vez en días no tenía ninguna urgencia activa.
No era tranquilidad exactamente. Era el espacio entre dos tormentas, ese momento breve en que el viento para y uno sabe que no va a durar pero que existe de todas formas.
—¿Sofía está bien? —preguntó.
—Está procesando —dije—. Es lo que hace cuando algo la golpea fuerte. Se va ha