Capítulo 56. Imposible perdonar
La tarde caía lenta sobre la ciudad, con ese tono gastado que tienen los días después de una tormenta. Leiah llegó al café sin prisa y sin propósito, con un abrigo liviano sobre los hombros y el pelo recogido en un moño imperfecto que dejaba su nuca expuesta al frío. Había elegido una mesa junto al ventanal porque necesitaba ver gente pasar; no para sentir compañía, sino para comprobar que el mundo, con su absurdo empeño, seguía en movimiento.
Eva entró dos minutos después, con bufanda negra y