La paz no llegó de golpe, como un estallido de luz que disipa las sombras. No fue un milagro caído del cielo ni una solución mágica que borró las cicatrices del pasado. Llegó de forma mucho más sutil, casi clandestina. Se instaló en las pequeñas cosas: en el hábito de dejar dos tazas de café sobre la mesa, en las miradas que se cruzaban por encima de los mapas de guerra, y en esos silencios cómodos que antes eran campos de minas y ahora eran refugios de seda.
Y quizás por eso, Kael empezó a tem