El aire no solo cambió; se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Lía se erizara. El territorio, siempre protector, parecía emitir un zumbido de advertencia. Algo que no pertenecía a la manada, pero que conocía sus leyes, acababa de cruzar la frontera.
Lía lo sintió en el centro de su pecho. No fue un miedo paralizante, sino un tirón magnético, una vibración que resonaba en sus huesos con una familiaridad aterradora. Su cuerpo reconoció al int