La madrugada llegó sin que Lía pudiera decir exactamente en qué momento su mente se había rendido. No fue una claudicación repentina, sino un deslizamiento inevitable hacia el abismo que Kael representaba. Por primera vez, el silencio de la habitación no se sentía como una tregua, sino como el preludio de una tormenta que ambos estaban deseando desatar.
Lía abrió los ojos y el primer sentido que se activó no fue la vista, sino el olfato. El aroma de Kael —ese almizcle masculino mezclado con el