La noche cayó sobre el territorio de la manada con una mansedumbre que Lía todavía no terminaba de procesar. El silencio del bosque no era el vacío de la soledad, sino un silencio protector, denso y vibrante, como si los árboles mismos estuvieran custodiando su descanso.
Apoyada contra el marco de la ventana de la habitación principal, Lía observaba las brasas de las hogueras que se extinguían a lo lejos. Veía a los centinelas cambiar de turno con movimientos fluidos, casi coreografiados. Antes