La marca no había apagado el fuego; lo había rociado con gasolina.
El aire en la habitación se volvió pesado, saturado con el aroma de ambos: una mezcla embriagadora de hormonas, bosque tras la lluvia y ese rastro dulzón que solo emanaba de Lía cuando su cuerpo se rendía ante su mate. Kael no se conformaba con haberla marcado; su lobo, Rhaegor, arañaba las paredes de su conciencia exigiendo el derecho absoluto sobre cada centímetro de su piel.
Lía sintió que sus rodillas flaqueaban. No era deb