El amanecer llegó lento, filtrándose por las cortinas con una timidez que contrastaba con la tormenta de fuego que había consumido la habitación horas antes. Pero no fue la luz dorada lo que despertó a la manada. Fue la vibración.
Desde los centinelas en las fronteras del bosque hasta los cachorros en las casas más alejadas, todos se tensaron al unísono. No era una alerta de ataque, no era el aroma de un enemigo. Era algo más denso, más primario. Era la frecuencia de radio de la manada que, tra