El aire entre Lía y Kael ya no era solo tensión. Era algo más pesado. Más denso. Más peligroso.
Era… inevitable.
Lía lo sentía en la piel, como si cada paso que daba dentro de ese territorio la acercara a un punto sin retorno. Y lo peor no era eso. Lo peor era que no quería detenerse.
No cuando él estaba ahí.
Observándola.
Siempre observándola.
—¿Vas a seguir mirándome así… o vas a decir algo? —murmuró ella, sin apartar la vista.
Kael no respondió de inmediato. Sus ojos azules, brillando