El amanecer no trajo paz.
Trajo decisión.
El cielo apenas comenzaba a aclararse cuando Lía ya estaba de pie, mirando el borde del territorio como si pudiera ver más allá de lo visible. El aire era frío, húmedo, cargado de ese silencio previo a algo grande… algo que aún no tenía forma, pero ya tenía dirección.
El bosque la estaba esperando.
No era una idea.
No era intuición.
Era una certeza.
Detrás de ella, la manada comenzaba a despertar con movimientos lentos, cansados. Las heridas de la noche