Capítulo 51.
La siguiente puerta me reveló algo tan simple que me heló la sangre más que cualquier exceso anterior.
Una mesa.
Una mesa larga de madera, desnuda, con un par de sillas a cada extremo.
Nada más.
No había retratos, ni espejos grotescos, ni estatuas ridículas. El aire dentro de la habitación era espeso, como si llevara años sin abrirse una ventana y la madera estaba limpia —demasiado limpia—.
Fruncí el ceño y di un paso atrás.
—Esto es… sospechoso por todas partes —murmuré para mí mis