Eris despertó sobre su lecho en los aposentos del palacio y poco le importó cómo había llegado hasta allí. Tenía aliados que la cuidaban y protegían; eso le bastaba. Algo más repuesta de la mordida de Furr, salió corriendo con la urgencia de ver cómo avanzaban sus secretos planes de escape.
Mientras bajaba las escaleras, se encontró con el rey, quien la detuvo, cogiéndola de la cintura. Le acarició la mejilla con los nudillos, inspeccionándola más de la cuenta.
—¿Cómo te has sentido, esposa mí