Así como el agua fluía por una pendiente, sin resistencia alguna, fue el encuentro de Kaím con la criatura del bosque. En el beso que los unía, los pensamientos del Liak se desvanecieron, como si su racionalidad misma se rindiera al encanto suave de esos labios hambrientos.
Con la llegada de la oscuridad cálida del regocijo carnal, en la bruma de sus memorias, la demandante voz de Agna se oyó, recordándole a la distancia lo que era suyo. Se apartó de ella, pero sin soltarle los brazos.
—¿Eres