Arrodillada en el suelo, Bri recogía el que iba a ser el desayuno de Ava.
—¡¿Acaso esperabas que comiera estas manzanas?! ¡Están agrias! —Ava lanzó la que tenía en la mano y golpeó la cabeza de la sierva.
Las manzanas estaban perfectas, tanto en apariencia como en aroma; habían sido cosechadas apenas el día anterior.
—Mi señora, ni siquiera las ha probado —replicó Bri, sobándose la sien.
—¡¿Esperas que lo haga y enferme?! ¡¿Es eso lo que planean tú y el cocinero ese con el que te rev