Sumido en un envolvente sueño, muy parecido a la inconsciencia, Akal permaneció en el lecho pasado el desayuno.
—El alfa no está solo en sus aposentos —le contó un siervo a Alter para explicar su ausencia.
La idea agradó al Liak, pues no imaginaba de quién se trataba.
Los ojos de Akal se abrieron pasado el mediodía y suspiró, como quien ha aceptado su destino y deja de luchar contra él.
Había sido una lucha agotadora, que lo había doblado por dentro.
La hembra a su lado, cuya esen