Manada Gris
Las finas manos de Agna se deslizaban con lenta dedicación por la recia espalda del alfa Kaím, que estaba bañada con el tibio sudor nacido de su reencuentro. Brillaba hermosamente con un resplandor plateado a la luz de la luna llena.
El mensajero ya se había ido, luego de cumplir su funesta misión hacía unos instantes.
—Acabas de llegar y ya debes partir, amado mío. Iré a quejarme con el alfa supremo —reprochó ella.
—No hagas tal, Agna, que el mandato del alfa de alfas es