Oculto entre unos arbustos, Gro observaba a los guardias del puesto fronterizo. Atribuyó el que se hubieran multiplicado al escape de los prisioneros y se sintió como un tonto por haber regresado.
Sin embargo, Balardia era su hogar, y la tierra llamaba con tanta fuerza como la sangre.
Permaneció oculto, decidido. Si lo capturaban y acababa regresando a las mazmorras, esperaba morir luchando en la arena, como un hombre. Comió frutos que consiguió de camino y durmió al abrigo de las estrellas