«Con tu olfato, en las noches sin luna, hallarás el camino a casa».
«Con tus garras, si erras, te mantendrás a salvo».
«Con tu corazón, mi amado, sabrás si estás en el camino correcto».
Rodeado de la oscuridad de la noche y lejos de las fogatas en torno a las que se reunía el resto del grupo, Akal intentaba oír a su corazón.
Balardia ya no se distinguía en el horizonte, ni olía a los soldados que intentaban darles alcance, pero la sensación de seguir prisionero allí no lo abandonaba.
En su