Desconsolada sobre el eriazo camino, Eris miraba hacia el horizonte, todavía esperando que el Asko regresara por ella. Su cándido amor, el primero, había resultado ser más destructivo que el propio vínculo con el rey. Erok, por cruel que fuese, jamás podría infligirle el mismo dolor que quien había poseído la llave de su corazón.
Con una mano en el pecho, intentó convencerse de que aún había algo latiendo allí dentro, mientras sus gritos de animal herido resonaban en los desolados parajes de un