Eris llamó a la puerta de la celda de Eladius en el templo.
—¿Quién es? —preguntó él, con la voz apagada, temerosa.
—Soy Eris. No has ido al palacio, así que vine a visitarte. ¿Puedes abrir? He venido sola —agregó, al notar su renuencia.
Él abrió por fin y la dejó pasar, echando el cerrojo detrás de ella.
—¿Cómo has estado? —quiso saber Eris, mirándolo con atención. Él le rehuía la mirada.
—¿Cómo crees que podría estar? —espetó con amargura— ¡Confié en ti! Te dejé entrar aquí, te enseñé sobre