El sol de la mañana ascendió en el cielo, disolviendo por fin la oscuridad densa y sofocante de la noche. Sus cálidos rayos se posaron sobre los ventanales de la mansión, refractándose en un resplandor deslumbrante.
Stella yacía hundida en la suavidad de la cama, con el cuerpo inerte y un rastro de terror aún visible en su pálido rostro. Su cuello, clavículas, abdomen y muslos estaban cubiertos de marcas rojizas, un testimonio mudo del ultraje de la noche anterior.
Enrico salió del vestidor, at