Stella sintió un dolor en el pecho. Clavó su mirada en Gabriella, incapaz de contener la furia que crecía en su interior.
—¿Qué demonios quieres? Mi hermana no tiene nada que ver en esto, es inocente.
Gabriella mostró una sonrisa ladina. Su voz era suave, pero cargada de una firmeza inalterable mientras jugueteaba con un anillo color ágata que llevaba en el dedo.
—Eres lista. Sabes perfectamente lo que quiero.
Una mueca de amargura se dibujó en los labios de Stella y su voz tembló de forma viol