La expresión de Gabriella se tensó, pero su cara no delató nada. Con total indiferencia, enarcó una ceja, asintió y le hizo una seña con la mirada para que la siguiera. Entró en la sala de descanso fingiendo una calma absoluta.
Su asistente, Carlo Mazza, la siguió. Apenas entró en la sala, miró a ambos lados por costumbre y luego le puso el seguro a la puerta.
Gabriella sabía que su asistente siempre era sumamente cuidadoso y discreto; si no se trataba de algo de vida o muerte, jamás se mostrar