Una vez que Sofia se marchó, Paolo continuó quitándole la ropa a Cristina.
Desabrochaba cada botón con calma, sin rastro de lujuria en su mirada, aunque las comisuras de sus labios mostraban cierta irritación.
—¿Qué clase de ropa es esta con tantos botones? —se quejó en voz baja.
Cuando por fin soltó el último botón, dejó escapar un largo suspiro de alivio.
Al retirarle la prenda superior, la piel blanca y traslúcida quedó totalmente al descubierto.
El sostén empujaba sus atributos, creando un escote profundo y tentador entre esas dos cumbres.
Paolo, que hasta el momento se había mantenido sereno, perdió la compostura al instante.
—Caray.
Tomó aire con fuerza, sintiendo cómo una ola de calor recorría todo su cuerpo.
Sus dedos fríos se deslizaron suavemente hacia la espalda de ella para desabrochar el sostén con delicadeza.
Sostuvo la prenda rosa frente a sus ojos y rio entre dientes con picardía.
—¿Rosa? Vaya ¿a quién planeas provocar con esto?
Sus ojos recorrieron las curvas firmes y