El cuerpo fornido de Paolo la envolvía con firmeza. Cristina echó un vistazo rápido a los músculos definidos y se puso roja al instante.
Bajó la mirada con timidez y, después de un momento, volvió a alzar la vista. Como una niña haciendo una travesura, le dio un beso rápido y furtivo en la frente.
Solo con eso, sus mejillas se encendieron como manzanas rojas.
Cristina extendió sus dedos finos y acarició suavemente los labios de él con las yemas, riendo para sus adentros.
No pudo evitar besarlo otra vez. Y otra...
Hasta que...
Sintió algo duro y caliente contra su vientre, y se estremeció.
“¡Ay, no! Desperté al amiguito”, pensó con pánico. “Tengo que escaparme ya. Si él también se despierta, no me va a dejar salir de la cama en toda la mañana”.
Con eso en mente, movió la cintura para intentar liberarse.
Logró zafarse con dificultad y, al apartar las sábanas con cuidado, soltó un suspiro de alivio.
Pero cantó victoria demasiado pronto.
Al instante, unos brazos fuertes le rodearon la cin