Cristina estaba parada a unos pasos detrás de él y pudo escuchar con claridad la ansiedad y el temblor en su tono. Arrugó la frente de manera inconsciente, incapaz de seguir escuchando, y se alejó con la mirada perdida abrazando al gato amarillo.
Habían pasado tres años, pero escuchar el nombre de Stella todavía le provocaba escalofríos e inseguridad.
Sosteniendo al robusto gato entre sus brazos, su mente divagaba sin rumbo fijo. En ese momento comprendió que, sin importar cuánto tiempo pasara, Stella seguía siendo un obstáculo insuperable en su corazón.
Suspiró mientras bebía un sorbo del café que le había traído el mesero.
A pesar de que el lugar apenas tenía cien metros cuadrados, sentía que aquel hombre estaba a kilómetros de distancia, inalcanzable. A fin de cuentas, sabía que no le pertenecía.
Había cosas que parecían predestinadas. Aunque le susurrara palabras dulces al oído, ¿de qué servía? En cuanto Stella apareciera, ella dejaría de ser importante y la abandonaría cruelmente