Cristina estaba parada a unos pasos detrás de él y pudo escuchar con claridad la ansiedad y el temblor en su tono. Arrugó la frente de manera inconsciente, incapaz de seguir escuchando, y se alejó con la mirada perdida abrazando al gato amarillo.
Habían pasado tres años, pero escuchar el nombre de Stella todavía le provocaba escalofríos e inseguridad.
Sosteniendo al robusto gato entre sus brazos, su mente divagaba sin rumbo fijo. En ese momento comprendió que, sin importar cuánto tiempo pasara,