Cristina le hizo un gesto de enojo.
—Pues si tienes hambre, come.
—Tengo hambre de otra cosa también —dijo él, levantando una ceja con insinuación.
—¿De qué? —Cristina puso los ojos en blanco, pero entendió y lo fulminó con la mirada—. ¡Solo piensas en eso! De seguro tienes el cerebro lleno de cochinadas.
—¡¿Qué te pasa?! Tres años sin vernos y ya dices puras barbaridades. ¿Se te olvidó lo que te enseñé? Las mujeres deben ser decentes. Tienes que saber qué decir y qué no —replicó Paolo, fingien