La furia de Paolo creció, y comenzó a exigirle al cuerpo de ella como si hubiera perdido la cordura.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Paolo finalmente se retiró. La tomó en sus brazos, la llevó en brazos al baño y la sumergió con cuidado en agua tibia, lavándola con gentileza y dedicación.
Cristina alzó la vista y observó el perfil tenso y atractivo del hombre. Una sonrisa con desgano se dibujó en sus labios; sus manos descansaban sin fuerza sobre él, dejándose manipular a su antojo.
En cuanto