Paolo no notó sus lágrimas; su atención estaba fija en el hombre que la acompañaba. Ciro miró las figuras de azúcar, hizo una pausa y luego señaló hacia el otro lado de la avenida.
—Me parece que vi a alguien así cruzando la calle hace un rato.
—¿En serio? —Los ojos de Paolo se abrieron desmesuradamente. En ese estado, habría creído cualquier cosa.
—Sí —confirmó Ciro en voz baja.
—¡Gracias! —Sin esperar más, Paolo se lanzó a correr entre el tráfico, sin mirar atrás ni una sola vez.
Cristi levantó la mirada despacio mientras él pasaba como una exhalación a su lado. Sintió que el corazón se le detenía. Los automovilistas tocaban el claxon furiosos, pero él los ignoraba, cruzando la avenida con imprudencia, buscándola con desesperación.
—Vámonos, Cristi. Tenemos que irnos ya —dijo Ciro con un tono de dolor y ansiedad. Sabía que los hombres de Gabriella estaban cerca.
Ella asintió débilmente. Sus ojos seguían clavados en la figura de Paolo sorteando los autos. La luz del día iluminaba ese