Paolo soltó el cuello de la camisa del empleado y le arrebató los dos muñequitos de caramelo. Los sostuvo con delicadeza, como si fueran la cosa más valiosa del mundo; esas piezas, sin duda, pertenecían a él y a Cristi.
—Jefe, de verdad era una desquiciada, estaba haciendo un escándalo exigiendo entrar... —insistió el guardia, mirando con nerviosismo a Paolo.
—¿Por qué carajos no me avisaron antes? ¿A dónde se fue? —bramó Paolo. Sus ojos recorrieron el lugar con furia.
—El jefe de seguridad temía que siguiera molestando... así que... se la llevaron... —balbuceó el hombre, tratando de echarle la culpa a su superior.
La mirada fulminante de Paolo cayó sobre el responsable de seguridad.
—¿Tú ordenaste que la sacaran? —preguntó con voz amenazante.
—Sí... señor, esa mujer no estaba bien de la cabeza. Además, su cara... —Al capitán le temblaban las piernas y apenas podía articular palabra.
—¿A dónde demonios la llevaron? —gritó. Sus ojos, inyectados en sangre, se llenaron de lágrimas, algo