Paolo soltó el cuello de la camisa del empleado y le arrebató los dos muñequitos de caramelo. Los sostuvo con delicadeza, como si fueran la cosa más valiosa del mundo; esas piezas, sin duda, pertenecían a él y a Cristi.
—Jefe, de verdad era una desquiciada, estaba haciendo un escándalo exigiendo entrar... —insistió el guardia, mirando con nerviosismo a Paolo.
—¿Por qué carajos no me avisaron antes? ¿A dónde se fue? —bramó Paolo. Sus ojos recorrieron el lugar con furia.
—El jefe de seguridad tem