Mientras tanto, en Ciudad Castelvecchio. El aire húmedo y helado se colaba por el ventanal abierto. Susan entró en la oficina del presidente y mostró preocupación. Caminó hacia la ventana para cerrarla y habló con tono respetuoso, aunque con un toque de ansiedad.
—El clima está terrible estos días, hay que mantener las ventanas cerradas.
Mientras hablaba, le entregó los documentos que traía en la mano.
—No tengo frío.
Paolo dejó caer su cuerpo alto y robusto en la silla presidencial. Entre sus dedos sostenía un cigarrillo del que se elevaba un humo grisáceo. Recibió los documentos sin ninguna expresión. El tiempo había sido benévolo con él; los tres años transcurridos no parecían haber dejado huella en su cara. Su piel seguía teniendo una textura saludable y, salvo por la barba que ahora llevaba, sus rasgos atractivos apenas habían cambiado.
—Tiene que cuidarse. La salud es lo primero.
Susan volvió a intentar aconsejarlo con paciencia. En la actualidad, era la única persona a su alred