Al salir de la pequeña casa, respiró. Se sintió muy feliz; hacía mucho que no respiraba aire fresco.
Llevaba dos meses en esa casita y sentía que se estaba enmoheciendo.
Inhaló, exhaló y sonrió. ¡El mundo exterior era maravilloso!
Cuando regresara con las figuras, iba a protestar enérgicamente con Ciro: nada de tenerla encerrada todo el tiempo. ¡Necesitaba salir y respirar!
Sin darse cuenta, aceleró el paso. Caminó un buen rato antes de toparse con alguien. Lo extraño fue que la persona la miró con terror. Cristina quería preguntar por el camino hacia la zona urbana, pero antes de que pudiera abrir la boca, el desconocido huyó despavorido.
Se sintió confundida. Pensó que la gente de por ahí era muy huraña y no le gustaba hablar. Suspiró y siguió caminando. No importaba, si nadie quería hablarle, encontraría el camino sola.
Durante todo el trayecto, la gente la miraba con extrañeza, miedo o incluso asco. Poco a poco se acostumbró, asumiendo que tal vez en ese lugar no querían a los for