—Ciro... —Cristina vio que él no reaccionaba después de un buen rato, así que le movió el brazo con el que la sostenía con fuerza.
—Mmm... —reaccionó él por fin. Sonrió con amargura y le dio unas palmaditas en el hombro—. Si quieres recuperarte pronto, necesitas descansar.
—Está bien, lo haré.
Ella le sonrió, aunque traía la cara cubierta con vendas gruesas, la curva alegre de sus labios hizo que el corazón de Ciro temblara. Se quedó mirándola, hipnotizado.
Tragó saliva para recuperar la compostura. Con sumo cuidado le tomó la mano, la guio hasta la cama y la arropó bien. Sentado a su lado, con su mano grande y curtida acariciando la de ella, comenzó a arrullarla para que se durmiera. Al ver cómo le temblaban los párpados, sintió que regresaba a la infancia, a aquellos tiempos en el orfanato cuando la calmaba de la misma manera. En ese entonces, no entendía por qué sentía tanto apego por esa niña llorona a la que Renzo siempre molestaba. Pasó el tiempo, recorrió muchas ciudades y cono