Últimamente Paolo hablaba solo y, a veces, se le escapaban las lágrimas. Era la primera vez que Susan veía llorar a ese hombre por arrepentimiento, dolor y ansiedad.
—¿Tú crees que Cristi sigue enojada y por eso no regresa? —era la pregunta que Paolo le hacía constantemente.
—No, señor. Ella me dijo una vez que nunca podría enojarse con usted, que usted le salvó la vida y haría lo que fuera por usted —Susan ya había perdido la cuenta de cuántas veces había repetido esa respuesta en el último mes.
—Ya veo —Paolo aspiró el humo con fuerza, manteniendo su expresión lúgubre—. Entonces, ¿por qué no vuelve?
—Jefe, tenga fe y paciencia. Si la señorita Cristina regresa, no le gustaría verlo en este estado tan deplorable —dijo Susan mordiéndose el labio y suspirando.
—Todo es mi culpa. Soy un imbécil, no debí dejarla sola. Siempre termino haciéndole daño... —Paolo se jaló el cabello con desesperación, pálido como un fantasma.
—Señor, deje de culparse, lo hecho, hecho está. ¡Todo el Grupo Morel