Un mes después. En una pequeña casa alejada de la ciudad.
Cristina despertó luchando contra el dolor. Sentía el cuerpo destrozado. Notó que tenía las manos y los pies vendados como una momia. Instintivamente intentó tocarse la cara, pero sus dedos encontraron una gruesa capa de vendas.
“¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?”.
—¿Despertaste?
Una voz masculina, grave y rasposa, llegó desde la puerta. Pasos apresurados se acercaron a ella. El tono del hombre denotaba alegría.
—El médico dijo que no despertarías pronto. No esperaba que reaccionaras en solo un mes.
—¿Un... mes?
Cristina intentó abrir los ojos con esfuerzo; las vendas le dificultaban la visión, pero logró distinguir la silueta y los rasgos del hombre bajo la luz tenue. Tragó saliva, sintiendo un dolor agudo en la garganta.
—¿Quién eres?
—No necesitas saber quién soy, solo debes saber que no te haré daño.
A medida que su vista se aclaraba, la cara atractiva del hombre se hizo nítida. La mente de Cristina comenzó a despejarse y abrió la b