¿Y ahora ella dudaba de él? ¿Y todo por ese maldito olor a perfume?
Solo por un poco de perfume, ella lo había condenado a muerte sin siquiera darle la oportunidad de defenderse.
“Cristina, eres insensible y cruel”, pensó con amargura.
Sintió un dolor en el pecho. No sabía cuándo había empezado, pero ella había alterado por completo su mundo. Incluso sentía que su corazón ya no le pertenecía.
¿Desde cuándo su estado de ánimo dependía de la felicidad de ella? ¿Desde cuándo se angustiaba con su tristeza? Lo peor era que, aun sabiendo que ella estaba siendo irracional, no era capaz de culparla ni de regañarla. Prefería que ella siguiera malinterpretándolo si eso era lo que quería.
Después de la ducha fría, su humor pareció calmarse un poco. Tomó una toalla, se secó el cuerpo rápidamente, la arrojó a un lado y salió del baño.
Su cuerpo musculoso y firme aún goteaba levemente; las gotas de agua caían desde su cabello, recorriendo sus facciones definidas hasta deslizarse por su clavícula.
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