Paolo exhaló profundamente. Toda la ropa seguía ahí; la ansiedad que le oprimía el pecho comenzó a disminuir.
Se dejó caer con pesadez sobre el suave colchón, sacó una cajetilla de cigarros, tomó uno y lo encendió. Dio una calada profunda y el humo se elevó en espirales, difuminando las líneas marcadas de su cara.
No sabía por qué sentía esa inquietud; al abrir el armario hace unos instantes, sus manos incluso habían temblado. Cada vez que la tensión lo superaba, necesitaba el tabaco para adorm