Paolo continuó masajeando su seno.
—Mmm...
Cristina se movió incómoda, arrugando la nariz de nuevo. Ese olor seguía ahí.
—Parece que han crecido otra vez. Mira, ya ni me caben en una mano, ¿qué vamos a hacer?
—Eres un descarado —refunfuñó, incapaz de ignorar la fragancia de marca ajena que emanaba de él.
—Deberías agradecerme. Si no fuera por mis masajes nocturnos, ¿crees que crecerían tan rápido y tan bien?
Soltó aquello sin un poco de vergüenza mientras su otra mano buscaba el otro pecho, volviéndose más audaz y brusco al saber que estaba despierta.
—Ya déjame dormir.
No tenía ganas de escuchar sus obscenidades. El olor a perfume le revolvía el estómago y la mente, anulando cualquier placer que pudiera sentir con sus caricias.
—Yo te doy el masaje y tú sigues durmiendo.
Entrelazó sus piernas con las de ella, envolviendo su cuerpo menudo con el suyo en un gesto posesivo.
—¡No quiero! ¡Estoy cansada!
Se sacudió con fuerza y empujó la mano que la provocaba. Paolo se apartó bruscamente,