Paolo continuó masajeando su seno.
—Mmm...
Cristina se movió incómoda, arrugando la nariz de nuevo. Ese olor seguía ahí.
—Parece que han crecido otra vez. Mira, ya ni me caben en una mano, ¿qué vamos a hacer?
—Eres un descarado —refunfuñó, incapaz de ignorar la fragancia de marca ajena que emanaba de él.
—Deberías agradecerme. Si no fuera por mis masajes nocturnos, ¿crees que crecerían tan rápido y tan bien?
Soltó aquello sin un poco de vergüenza mientras su otra mano buscaba el otro pecho, vol