—En serio sabes deliciosa aquí, muy dulce. Si hubiera sabido que eras tan exquisita, habría ido tras de ti cuando cumpliste dieciocho. Qué lástima. Tú no puedes probarte, así que yo soy el único que se aprovecha de esto.
Paolo hablaba con descaro, sin el menor rastro de vergüenza, mientras sus labios succionaban con fuerza aquella pequeña cereza roja, haciendo ruidos húmedos deliberadamente.
—No digas tonterías...
Un rubor intenso cubrió rápidamente todo el cuerpo de Cristina. La suave y elevad