—En serio sabes deliciosa aquí, muy dulce. Si hubiera sabido que eras tan exquisita, habría ido tras de ti cuando cumpliste dieciocho. Qué lástima. Tú no puedes probarte, así que yo soy el único que se aprovecha de esto.
Paolo hablaba con descaro, sin el menor rastro de vergüenza, mientras sus labios succionaban con fuerza aquella pequeña cereza roja, haciendo ruidos húmedos deliberadamente.
—No digas tonterías...
Un rubor intenso cubrió rápidamente todo el cuerpo de Cristina. La suave y elevada curva de su pecho se sentía adormecida y cosquilleante bajo la succión, pero su cuerpo experimentaba una incomodidad creciente, un vacío profundo que exigía consuelo desesperadamente, aunque su razón la obligaba a contenerse.
—Señor, no aguanto... ya no siga...
Cristina movió la cintura, incapaz de soportarlo, mientras sus manos se aferraban sin fuerza a los hombros firmes de él.
—¿En dónde exactamente sientes la molestia?
La comisura de los labios de Paolo se curvó en una sonrisa maliciosa. S