Al regresar a la mansión Morelli, el cielo ya estaba oscuro.
Paolo abrió la puerta del auto y sacó a Cristina. Caminó detrás de él, con la muñeca aprisionada por la mano firme de su acompañante. La luz de la luna lo bañaba con un resplandor suave, creando un halo que le daba un aire casi irreal. Por un momento, sintió una duda.
“¿Es posible que tanta felicidad sea para mí?”.
Al notar que se estaba quedando atrás, volteó. Le acarició la cabeza desordenándole el cabello fino, y sonrió.
—Apúrate.