Al regresar a la mansión Morelli, el cielo ya estaba oscuro.
Paolo abrió la puerta del auto y sacó a Cristina. Caminó detrás de él, con la muñeca aprisionada por la mano firme de su acompañante. La luz de la luna lo bañaba con un resplandor suave, creando un halo que le daba un aire casi irreal. Por un momento, sintió una duda.
“¿Es posible que tanta felicidad sea para mí?”.
Al notar que se estaba quedando atrás, volteó. Le acarició la cabeza desordenándole el cabello fino, y sonrió.
—Apúrate. ¿A poco no eras tú la que ya se estaba imaginando cosas en la dulcería?
Cristina sonrió con resignación, dejando ver sus hoyuelos, y apretó con fuerza la mano de su pareja. El contraste era obvio: la palma de Paolo era amplia y fuerte, mientras que la de ella lucía pequeña y delicada. La piel blanca de la joven junto a la bronceada de él creaba una imagen de encaje perfecto.
Sofia los vio entrar tomados de la mano y no pudo evitar sonreír de oreja a oreja mientras observaba cómo subían las escal