Cristina sintió vergüenza al escuchar las palabras tan explícitas de Paolo, y los sonidos de saboreo que llegaban a sus oídos la hacían sonrojar aún más. Paolo liberó una mano para sostener los suaves muslos de ella, amasando la piel tersa de su trasero con movimientos expertos. Elevó sus caderas con firmeza para tener el acceso máximo a su sabor.
—¿Qué estás haciendo...? —Cristina emitió un suave gemido de protesta. Sus manos se aferraron con debilidad a los hombros firmes del joven. Se sintió vacía y desesperada, pero él quería torturarla.
—¿No ves lo que estoy haciendo? Estoy bebiendo tu néctar. Mira cómo está fluyendo de ti. ¿Por qué no paras de mojarte? —Paolo sonrió, y sus ojos se llenaron de un color lascivo al mirar la entrada, que no dejaba de verter sus jugos.
—¡Ugh...! ¡Eres un gran patán! ¡Te odio, te odio!
Los ojos acuosos de Cristina brillaron con ira, golpeando su pecho fornido. Pero esa maldita piel estaba dura como una roca y no reaccionaba sin importar cuánto lo golp