—Te agradezco que me hayas regalado estos minutos.
—Dime, soy todo oídos —dijo él.
Se reunieron en el estudio de la casa. Era un sitio cálido y acogedor, decorado con elegancia, como el resto de la mansión.
—Tú y yo no hemos tenido oportunidad de conocernos. Vine a este pueblo a buscarte a ti y a... —Isabel enarcó una ceja.
—¿A mí?
—Sí, a ti, Isabel. Conozco a tu verdadera madre.
Isabel se sintió incómoda.
—Yo tengo una madre, y es Rafaela. Con eso me basta.
—Tu madre se llama Mary. Es una buen