—¡Eres el niño más hermoso del mundo! —exclamó Mary mientras abrazaba al pequeño con ternura. Luego dirigió su mirada a Juliana, con una sonrisa cálida—. Mucho gusto, y gracias por cuidar de mi muchacho.
—El gusto es mío, señora Mary —respondió Juliana con amabilidad.
—No me digas “señora”, que no soy tan vieja —añadió Mary con una risa ligera.
Juliana no se esperaba tanta calidez de su parte. La imaginaba distinta, más distante quizá, pero lo que encontró fue una mujer amable, con una energía