Madrid los recibió bajo un cielo gris y pesado. Habían cambiado de auto tres veces en las últimas doce horas y dormido solo a ratos en áreas de servicio. Luca ya no preguntaba. Se limitaba a mirar por la ventana con ojos vacíos, aferrado a un peluche viejo que Mateo le había comprado en una gasolinera.
Valeria sentía que el corazón se le rompía un poco más cada vez que veía a su hijo así.
Llegaron al apartamento seguro en el barrio de Chamberí al atardecer. Era un tercero sin ascensor, pequeño