Trescientos años después
Ya no quedaba nada.
Ni ruinas, ni placa, ni piedra blanca. El mar había ganado la batalla contra la costa. Donde alguna vez estuvo la casa blanca, ahora solo había agua más profunda y una línea de costa nueva, más retirada.
Una mujer de treinta y ocho años caminaba sola por la nueva orilla. Se llamaba Alma. No llevaba el apellido Ferrera. Ni siquiera sabía que descendía de aquella familia. Solo sabía que desde niña había tenido sueños extraños con una mujer de cabello o