Los primeros días en la casa de la costa fueron una tregua engañosa. Luca se despertaba riendo, corría por la arena de la playa privada que tenían detrás de la casa y preguntaba por “el mar grande” cada mañana. Valeria lo observaba desde la terraza con una mezcla de amor y terror: su hijo estaba recuperando la infancia que le habían robado, pero ella sabía que esa paz era prestada.
Mateo había conseguido que un contacto de Viktor les instalara un sistema de seguridad básico: cámaras, sensores d