Doscientos cincuenta años después
Ya no había casa. Ni placa. Ni museo.
Solo quedaba una playa salvaje y un viejo faro abandonado a lo lejos. El mar había reclamado poco a poco la costa, y con ella, los últimos rastros físicos de lo que alguna vez fue la casa blanca.
Una joven de veintitrés años llamada Noa Ferrera caminaba descalza por la orilla. No llevaba el nombre de Valeria por tradición —su madre había decidido romper con eso—, pero sabía perfectamente quién era. Había leído el libro siet