Valeria caminó directo al despacho de Alejandro sin mirar atrás. El corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a salirse de su pecho.
Empujó la puerta y entró. El lugar olía a madera cara y al perfume de Alejandro. Todo estaba perfectamente ordenado, como siempre. Se acercó al escritorio y se arrodilló frente al cajón inferior izquierdo, el que Raúl le había mencionado.
Estaba cerrado con llave.
Valeria buscó desesperadamente algo con qué abrirlo. Encontró un abrecartas plateado y lo usó p